
Javier Laborda.
Sensible. Tímido. Artista desconocido incluso para si mismo. Desde el trazo suelto y a la vez impasible del lápiz a la profundidad de los silencios del saxofón en una composición a lo Charlie Parker.
Infancia no más dificil que cualquier otra. Creció entre la severa mano paterna y la bondad esquisita de la progenitora en la que descargaba la fragilidad de su carácter depresivo, aumentado por una debilidad física.
Historia del abuelo.
De crío, no muy a menudo, pero si alguna vez que otra, me quedé a dormir en casa de mis abuelos maternos.
Después de cenar, cualquiera de las repetitivas pero deliciosas recetas de la abuela, quien todavía no habia pasado el testigo de la cocina a su por aquel entonces jovial marido, y ver un poco la televisión, bien con mi hermano o alguno de mis primos, nos poniamos los pijamas dispuestos a pasar la noche en las camas abatibles del cuarto de invitados.
Era costumbre que el abuelo nos contase historias acerca de personajes, a menudo ligeramente modificados de una ocasión a otra, de quienes nunca conocimos el porcentaje de realidad o ficción que encerraban.
Yo era de los que me dejaba vencer por el sueño mucho antes del fin de cada historia, que continuaba en mis sueños entrelazada con otras de cosecha propia.
A continuación transcribo una de esas historias que bien puede tener algo verdad o de mentira. Puede que esté mutilada por el paso del tiempo o complementada por las experiencias en este vividas.
Las ilustraciones presentadas son parte de la realidad/ficción ya mencionada.
Proyecto.
Leandro Marín, más conocido como el tio Pataticas, debido a su afición por guarnecer, como si de cualquier germano se tratase, todo tipo de comida con patatas, solía salir a pasear temprano, con el despuntar del sol, por los campos que cuidaba.
Un día como otro cualquiera, silbando de camino a la acequia que más tarde regaría la fría y seca tierra, miraba de reojo a las cigüeñas apostadas y todavía dormidas en el techo puntiagudo de la iglesia. Pensaba el acerca de la leyenda que dice que las cigueñas son las portadoras de las noticias de nacimientos y que son ellas las que traen a los niños de Francia en un atillo colgando de su pico, justo en el momento en el que su pié pisaba una bolsa de plástico blanca atada con un nudo que se asomaba bajo una piedra en el suelo.
Más por civismo que por curiosidad se agachó a recogerla. La levantó sin mucho cuidado con intención de tirarla en el siguiente cubo de basura cuando un par de papeles se deslizaron por un agujero que se habia creado en la bolsa al desgarrarse con la piedra que le servia de lápida.
El reuma de las rodillas y las lumbares ya le habia molestado al agacharse la primera vez y le tomó un momento el decidir si volver a agacharse de nuevo a recoger los papeles o dejarlos allí tirados.
La resolución a sus dudas fué asistida por el recuerdo de su hermano biólogo, quien desde la distancia le animaba a recogerlos. Así lo hizo.
¡Ja, ja, ja! se rió al mirar el contenido de los papeles.
Eran unas fotocopias de diferentes fotos tomadas del cuerpo desnudo de una mujer que habia sido pintada con diferentes motivos y simbolos.
El no entendía mucho de fotografía y menos de lo que los símbolos podían significar, pero de inmediato pensó en su hija Gabriela, a quien de seguro le haría mucha ilusión.
Ella había estudiado arte y vivia desde hacia años en el extranjero y aunque de un modo cariñoso y de oculta admiración, siempre había sido objeto de críticas durante sus visitas al pueblo por sus estrambótica manera de vestir.
Con la bolsa bien cerrada y colocada dentro de su mochila, Leandro siguió su camino, silvando la melodía de un conocido cantautor y con una sonrisa en las arrugas de los ojos.
Gabriela estaba no estaba en casa cuando el paquete llegó así que le dejaron un aviso para que lo fuera a recoger a la casi siempre incompetente Poste.
Dejó su bici sin atar en la puerta del edificio amarillo y azul, entró corriendo y se colocó en la enorme cola que esperaba turno ante el único mostrador abierto. Nerviosa por dentro, pensaba en lo estúpida que habia sido al no atar la bici, pero utilizando su truco habitual de confianza en el destino, se decía a si misma que si tenía que ser, se la robarían, y sino, pues no.
Su turno llegó y después de firmar se llevó el paquete consigo.
Corrió hacia la bicicleta pensando en voz alta, „por favor, por favor, que siga ahi“...
Y ahí estaba. Tal y como la habia dejado, más el valor añadido de un papel de aluminio arrugado que habia sido depositado en su cesta metálica.
Antes de abrir el paquete, sigio con la mirada los trazos de la escritura caligráfica casi perfecta de la mano que lo habia escrito, descifrando desde el primer instante el remitente inconfundible. ¡Mamá!
Ahi, de pié, en la calle, bajo un techo que la cubría de la lluvia intermitente, abrió el sobre de tamaño A4 y leyó...
„Hola cariño, ¿qué tal estas?. Tu padre tiene cada cosa... Me dá cada disgusto que para qué y ahora mira, me dice que te envie estos papeles que se ha encontrado. Bueno, que le vamos a hacer... yo ¡A sus ordenes mi capitán! Un beso muy gordo. La mamá.“
Los papeles eran fotocopias en blanco y negro de uno o varios cuerpos femeninos desnudos y pintados con simbolos.
Sonrió, pensando en sus padres.
Sonrió de nuevo al no poder imaginarse como podían haber llegado esos papeles hasta su padre y ahora, hasta ella.
Camino a casa, pedaleando en la bici bajo la ligera llovizna que le aclaraba las ideas, iba imaginando el que hacer con la inesperada sorpresa...
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